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SPRING 2000 ISSUE

EL ÚLTIMO SUEÑO de mi madre

por Pedro Almodóvar Caballero

 

Cuando salgo a la calle, el sábado, descubro que hace un día muy soleado. Es el primer día con sol y sin mi madre. Lloro bajo las gafas. A lo largo del día lo haré muchas veces.

Después de no haber dormido la noche anterior, camino como un huérfano hasta encontrar el taxi que me lleve al Tanatorio Sur.

Aunque yo no sea ese tipo de hijo generoso en visitas y arrumacos, mi madre es un personaje esencial en mi vida. No tuve el detalle de incluir su apellido en mi nombre público, como a ella le hubiera gustado. Tú te llamas Pedro Almodóvar Caballero. ¡Qué es eso de Almodóvar sólo!, me dijo en una ocasión, casi enfadada.

“La gente piensa que los hijos son cosa de un día. Pero se tarda mucho. Mucho”. Decía Lorca. Las madres tampoco son cosa de un día. Y no necesitan hacer nada especial para ser esenciales, importantes, inolvidables, didácticas. Las madres pisan siempre sobre seguro.

Yo aprendí mucho de mi madre, sin que ni ella ni yo nos diéramos cuenta. Aprendí algo esencial para mi trabajo, la diferencia entre ficción y realidad, y cómo la realidad necesita ser completada por la ficción para hacer la vida más fácil.

Recuerdo a mi madre en todos los momentos de su vida. La parte más épica, tal vez, fue aquella que transcurrió en un pueblo de Badajoz, Orellana la Vieja, puente entre los dos grandes universos en los que viví antes de ser engullido por Madrid: La Mancha y Extremadura.

Aunque a mis hermanas no les gusta que lo recuerde, en estos primeros pasos extremeños la situación económica familiar era precaria. Mi madre fue siempre muy creativa, la persona con más iniciativa que he conocido. En La Mancha se dice: “Es capaz de sacar leche de una alcuza”.

La calle donde nos tocó vivir no tenía luz, el suelo era de adobe, no había modo de que pareciera limpio, con el agua se enlodaba. La calle estaba en las afuera del pueblo, había surgido sobre un terreno pizarroso. No creo que las chicas pudieran caminar con tacones por las escarpadas pizarras. Para mí aquello no era una calle, me recordaba más a un poblado de alguna película del Oeste.

Vivir allí era duro pero barato. En compensación, nuestros vecinos resultaron ser personas maravillosas y muy hospitalarias. También eran analfabetos.

Como complemento al salario de mi padre, mi madre empezó con el negocio de la lectura y escritura de cartas, como en Estación Central de Brasil. Yo tenía ocho años; normalmente era yo quien escribía las cartas y ella quien leía las que nuestros vecinos recibían. En más de una ocasión yo me fijaba en el texto que mi madre leía y descubría con estupor que no correspondía exactamente con lo escrito en el papel: mi madre inventaba parte. Las vecinas no lo sabían, porque lo inventado siempre era una prolongación de sus vidas, y quedaban encantadas después de la lectura.

Después de comprobar que mi madre nunca se atenía al texto original, un día se lo reproché de camino a casa: “¿Por qué le has leído que se acuerda tanto de la abuela, y que echa de menos cuando la peinaba en la puerta de la calle, con la palangana llena de agua? La carta ni siquiera nombra a la abuela”, le dije yo. “¡Pero has visto lo contenta que se ha puesto!”, me dijo ella.

Tenía razón. Mi madre llenaba los huecos de las cartas, les leía a las vecinas lo que ellas querían oír, a veces cosas que probablemente el autor había olvidado y que firmaría gustoso.

Estas improvisaciones entrañaban una gran lección para mí. Establecían la diferencia entre ficción y realidad, y cómo la realidad necesita de la ficción para ser completa, más agradable, más vivible.

Mi madre se despidió de este mundo exactamente como le hubiera gustado. Y no fue por casualidad, ella lo había decidido así, me entero hoy mismo, en el tanatorio. Hace 20 años mi madre le dijo a mi hermana mayor, Antonia, que había llegado el momento de dejar hecha la mortaja.

Fuimos a la calle de Postas, me cuenta mi hermana frente al cadáver de nuestra madre amortajada, a comprar el hábito de San Antonio, marrón, y el cordón. Mi madre también le dijo que quería la insignia del mismo santo prendida en el pecho. Y los escapularios de la Dolorosa. Y la Medalla de San Isidro. Y un rosario entre las manos. Uno de los viejos, le especificó a mi hermana; los buenos os los quedáis vosotras (incluía a mi hermana María Jesús). También compraron una especie de mantoncillo negro, para cubrirse la cabeza y que ahora le llega por los lados hasta la cintura.

Le pregunté a mi hermana el significado del mantoncillo negro. Antiguamente las viudas se ponían un manto de gasa negra muy tupida, para indicar su pena y su pérdida. Según pasaba el tiempo y su pena disminuía, el mantón se iba acortando. Al principio les llegaba casi hasta la cintura, y al final les llegaba sólo hasta los hombros. Esta explicación me hizo pensar que mi madre quería irse oficialmente vestida de viuda. Mi padre murió hace veinte años, pero naturalmente no hubo otro hombre ni otro marido para ella. También dijo que quería estar descalza, sin medias, ni zapatos. Si me atan los pies, le dijo a mi hermana, me los desatáis al ponerme dentro de la tumba. Donde voy tengo que entrar ligera. También pidió una misa completa, no sólo el responso. Así lo hicimos y acudió el pueblo entero (Calzada de Calatrava) a darnos la “cabezada”, que es como allí se le llama al pésame.

Mi madre hubiera disfrutado con la cantidad de ramos de flores que había en el altar, y con la presencia del pueblo entero. “Ha venido el pueblo entero” es la máxima calificación para este tipo de actos. Y así fue. Desde aquí lo agradezco: gracias, Calzada.

También se habría sentido orgullosa del papel de perfectos anfitriones que mis hermanos — Antonia, María Jesús y Agustín — hicieron tanto en Madrid como en Calzada. Yo me limité a dejarme arrastrar, con la mirada borrosa y todo desenfocado a mi alrededor.

A pesar del marasmo de viajes promocionales en que vivo (“Todo sobre mi madre” se estrena ahora en casi todo el mundo. Afortunadamente, me decidí a dedicarle a ella la película, como madre y como actriz. Dudé mucho, porque nunca estuve seguro de que mis películas le gustaran), afortunadamente yo estaba en Madrid y a su lado. Los cuatro hijos estuvimos siempre con ella. Dos horas antes de que “todo” se desencadenara, Agustín y yo entramos a verla en la media hora de visita permitida en la UCI, mientras mis hermanas esperaban en la sala de espera.

Mi madre estaba dormida. La despertamos. El sueño debía de ser muy placentero, y tan absorbente que no la abandonó aunque hablara con nosotros perfectamente cuerda. Nos preguntó si había tormenta en ese momento, y le dijimos que no. Le preguntamos cómo se encontraba, y nos dijo que muy bien. A mi hermano Agustín le preguntó por sus hijos, que acababan de llegar de vacaciones. Agustín le dijo que los tenía con él el fin de semana y que comerían juntos. Mi madre le preguntó si ya había ido a hacer la compra de la comida, y mi hermano le dijo que sí. Yo le dije que dos días después tenía que irme a Italia, de promoción, pero que si ella quería me quedaría en Madrid. Ella dijo que me fuera, y que hiciera todo lo que tenía que hacer. Del viaje le preocupaban los hijos de Tinín. Y los niños, ¿con quién se quedan?, preguntó. Tinín le dijo que él no venía conmigo, él se quedaba. A ella eso le pareció bien.

Vino una enfermera y, además de decirnos que el tiempo de la visita había terminado, le anunció a mi madre que le traería la comida. Mamá comentó: “Poco humo me va a hacer la comida en el cuerpo”. Encontré el comentario bonito y extraño.

Tres horas después moría.

De todo lo que dijo en esta última visita se me ha quedado grabado cuando nos preguntó si había tormenta. El viernes fue un día soleado, y parte de su luz entraba por la ventana. ¿A qué tormenta se refería mi madre en su último sueño?.

Pedro Almodóvar Caballero ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes por su película “Todo sobre mi madre.”

© 1999-2000 El País



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