Perdóname, Señor,

por haber bailado en el Pasa Tiempo


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Claudia S. Meléndez / Fotos Paul Myers

Forgive Me, Lord, for I Have Danced at the Pasa Tiempo



WATSONVILLE-Una esfera multi-espejos cuelga en el techo de la pista de baile, reflejando mil cuadritos de luz sobre los pocos hombres que están sentados debajo. Es todavía temprano, sábado en la noche, sólo unos cuantos clientes están sentados en la barra, pero las sillas alineadas de manera perfecta esperan en silencio que la clientela llegue. Cerca de la entrada principal, una botella gigante de cerveza Miller Genuina de Barril congelada en un bloque de hielo plástico cuelga sobre la mesa. En ella los jugadores de cartas continúan su juego, un hombre barajea las cartas y las reparte entre siete hombres y una mujer. En pocas horas, el Pasa Tiempo será sacudido con rancheras, cumbias, y música de banda, estará lleno de gente que viene a bailar, sudar, reir, emborracharse y meterse en problemas. Este no es un bar fresa. Ubicado en una de las secciones "menos atractivas" de Watsonville, el Pasa Tiempo sirve como un centro comunitario sucedáneo para cientos de trabajadores del campo, amas de casa y vecinos -un paraíso para los que trabajan duro e inmigrantes desplazados miles de millas de sus hogares. Y transvestis como Gaby, Chari y Brenda, quienes no tienen otros lugares a donde ir.

 




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¡Bienvenidos!



Miradas de admiración se dirigen hacia la puerta trasera para seguir la llegada de Gaby. Ella es una joven, alta y esbelta, cliente regular en el Pasa Tiempo Club. Usa un vestido negro y entallado que realza su figura; sus zapatos de tacón la hacen más alta, y el lápiz delineador y el rímel hacen sus ojos más redondos y brillantes. Camina con zancadas largas y desafiantes, moviendo su largo cabello castaño de arriba a abajo, sonriendo a aquellos que se le quedan viendo. Entre el grupo de hombres solitarios y bajitos, su estatura y su sexo difícilmente pueden pasar desapercibidos. Pero se rehusa a engañar a nadie.

Como varios transvestis, Gaby ha encontrado refugio en el Pasa Tiempo Club, un bar latino más o menos convencional al sur de Main Street en Watsonville. "Es más divertido ir a bares convencionales que a bares gay", comenta Gaby. Algunas de sus amigas, sin embargo, no piensan lo mismo; para ellas el Pasa Tiempo es su única opción.

El amor de Chari por el Pasa Tiempo nació de la conveniencia. No tiene coche y vive enfrente del bar. "Me gustaría ir a un bar gay, pero Franco's está demasiado lejos" dice Chari. Franco's está en Castroville y es el único bar latino para gays en el área.

Gaby no comparte el amor de Chari por Franco's: "En los bares gays me desprecian con miradas o palabras", y agrega: "desde que dejé de ir a bares gays me divierto más". Con esas miradas que provoca, Gaby ha adoptado el Pasa Tiempo como su espacio favorito para mostrar su belleza.

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¿Refugio de todos?



El Pasa Tiempo marca el principio del lado tenebroso de Main Street. Dos cuadras atrás está un área que pertenece a la parte norte del Condado de Monterey; como está tan lejos los oficiales de ese Condado la descuidan con facilidad. El bar más grande y popular de este rumbo, el Pasa Tiempo, se ha convertido en un refugio para los comerciantes de drogas y prostitutas, y ahora los oficiales del Ayuntamiento quieren cerrar.

"Pasa Tiempo, entre todos los bares del sur de Main Street, tiene más llamadas a las que tenemos que responder, o que patrullamos más porque sabemos que ahí vamos a tener problemas" dice el Oficial en Jefe de la Policía de Watsonville, Terry Medina. En 1995, el departamento de policía registró 171 llamadas en este lugar, comparado con 119 llamadas en el bar La Frontera, a dos cuadras sobre la misma calle, y 113 llamadas en Cilantro's, un restaurante de moda en el otro lado de la ciudad.

El grupo Fugaz entretiene a la audiencia y los mantiene moviéndose hasta altas horas de la madrugada cada viernes, sábado y domingo. El trompetista toca notas largas y sensuales que alientan a las parejas a bailar más cerca. Las canciones son recias y el repertorio incluye las conocidas cumbias, rancheras y música de banda que hacen a la gente saltar de sus sillas cuando empiezan las primeras notas. Vestida con esmero pero sin pretenciones, la clientela no va para impresionar a alguien. No usan lo último de Pierre Cardin o Paco Rabanne, sólo gorras de béisbol, sombreros, botas vaqueras, pantalones de mezclilla, mallones y blusas sueltas.

 

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Sólo para pasar el rato




Un joven de 21 años saca a bailar a una jovencita. Sus ojos ven para todos lados sin enfocarse en ninguno en particular y parece que se va a morder la lengua cada vez que intenta hablar. Ella le pregunta cuánto dinero gasta en cerveza. Él da un traspié y le responde que no es su problema. Dos horas más tarde, se va del lugar tratando de abrazar a su cuate, tropezándose y escalando rocas imaginarias.

Martín Rosas trabaja en los campos de fresa y una fábrica de Watsonville. Prefiere el Pasa Tiempo a cualquier otro bar de esos rumbos. "Me gusta bailar", dice. En una noche, cuando no tiene dinero, gasta entre $20-$30 comprando cerveza, y hasta $200 si le va bien.

"La mayoría de los clientes son trabajadores del campo. Para muchos de ellos, ésta es su única distracción", comenta el Jefe Medina.

A pesar del alto porcentaje de clientela regular, el Pasa Tiempo no es una gran familia feliz. Chari, el joven que aspira a ser transexual y quien ha estado asistiendo al bar por más de cinco años, tuvo que pelear por su derecho para usar el baño de su preferencia. "El Chino (el encargado de seguridad) no nos dejaba ir al baño de mujeres" dice. Chari se quejó con Pete Sánchez, Sr., el antiguo dueño del bar y se puso feliz al oir su respuesta "Si vienes vestido como mujer usa el baño de mujeres."

Y así lo hace. Chari usa pantalones ajustados y blusas que le van bien con su complexión pequeña; usa el pelo largo y suelto, tiene pestañas largas que son el marco perfecto para sus ojos verdes. Está puestísima para pelear por sus derechos en cualquier momento que sienta que éstos no se respetan, y esto por lo general la mete en problemas. "Las meseras no saben cómo hacer su trabajo", se queja, explicando que por lo general no la tratan con respeto. "El cliente debería tener siempre la razón, ¿por qué siempre quieren complicarme la vida? Vengo a gastarme mi dinero y quiero un buen servicio por él."

A pesar de ello, por lo regular Chari disfruta el Pasa Tiempo: "Los muchachos me tratan bien, son agradables", dice. Chari baila bien y parece que los hombres se acoplan a bailar con ella fácilmente. "La gente sabe quien soy, no hay duda de eso. Parece que no les importa: no estamos haciendo nada de malo, sólo estamos bailando", dice. Puede parecer extraño que en una cultura tan machista, un montón de hombres quieran bailar con ella, y agrega que algunas veces ha compartido su cama con quienes ha compartido la pista de baile.

Víctor Manuel Íñiguez ha trabajado en el bar por más de tres años y medio como parte del personal de seguridad. Según su propio cálculo, 80 o 90 porciento de los clientes son regulares. "La gente viene aquí para tratar de olvidar sus problemas; quieren divertirse un poco después de una difícil semana de trabajo", comenta.

A pesar de las quejas de Chari y Brenda, Íñiguez insiste en que trata a los transvestis igual que a los demás. "Ellos son clientes como los otros, yo gano mi sueldo de los clientes. Tengo que tratarlos bien", dice.

Elio Medina, el encargado de seguridad de la puerta de enfrente, cree que las pocas mujeres que bailan en el Pasa Tiempo son la clave de la popularidad del lugar. Señala: "No ven a los clientes de arriba a abajo cuando las sacan a bailar, no les importa cómo van vestidos, como es común en otros lugares".

Medina considera que se lleva bien con la mayoría de la clientela. "Después de un tiempo, conoces a la mayoría de la gente que viene." Chari, el joven transvesti, no está de acuerdo con él: "Él nos discrimina, y nunca nos deja entrar." Chari, Brenda, Juana y otros amigas siempre usan la entrada de atrás, custodiada por Íñiguez, quien sí las deja pasar.

Raúl, un visitante al bar, se sienta en la barra y sorbe su cerveza. Invita a una mujer a que se siente junto a él y se tome algo: inmediatemente después le confía sus problemas. Originario de Jalisco, ha vivido durante cinco años en Watsonville, y nunca ha sido capaz de ahorrar dinero suficiente para regresar a su casa. "Extraño a mi madre", dice "le mando como doscientos dólares cada mes, y lo demás me lo gasto aquí".

Una tristeza profunda emana de su mirada, pero aún así invita a su atenta escucha a bailar con él. En la pista, Raúl sacude sus problemas al ritmo de las sonoras trompetas. La historia de Raúl es común en el Pasa Tiempo: la mayoría de los hombres llegan a estos rumbos tratando de escapar de la pobreza de sus pueblos natales. Llegan sin familia y con frecuencia les toma mucho tiempo formar una.

Oscar Curry tiene 35 años y ha frecuentado el Pasa Tiempo desde que tenía 15. De inmediato alaba al bar, destacando la buena música y la atmósfera. "No importa a dónde vayas, siempre va a haber drogas y gente mala", dice "pero aquí es el único lugar que contrata personal de seguridad, por eso la gente se siente segura", concluye.

Los bailarines más populares en el Pasa Tiempo son Leo y Georgina. Él es un joven parecido a Lou Diamond Phillips. Se le reconoce con facilidad por su gabardina gris, sus botas vaqueras y el paliacate bajo su sombrero de vaquero. Ella es más chaparrita que Leo, y sostiene su cabello largo y chino con dos peinetas arriba de las orejas. Juntos se la pasan de bar en bar en Watsonville, y siempre se paran como cuetes cuando escuchan las primeras notas de una buena canción de banda. "Hemos bailado juntos durante tres años", dice Georgina. Y se nota. Leo, cigarro en mano, la levanta en el aire, la hace girar, la guía por toda la pista de baile, y nunca pierden el paso.

A la 1:45 a.m. en punto, las luces se prenden, el grupo termina su última canción y los bailarines regresan a sus mesas a tomar el último trago de sus bebidas y a recoger sus chamarras, suéteres y bolsas. Los clientes caminan lentamente hacia las salidas, mientras los de seguridad y las meseras empiezan a acomodar las sillas, trapear los pisos y limpiar las mesas. Mañana, empezarán todo de nuevo.

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Convirtiéndose en dinosaurios



Pete Sánchez Jr. tomó las riendas del Pasa Tiempo después de que su padre falleció en 1993. Abierto en los ochentas, el bar ha permanecido en el mismo lugar desde 1989, después de haber estado durante algún tiempo en 200 Main Street. Ahora, junto con otros bares latinos del área, el Pasa Tiempo Club está en peligro de perder su licencia. El viernes 8 de marzo, la Comisión de Control de Bebidas Alcohólicas y el Employment Enforcement Task Force del estado realizaron una redada en el As de Oros, ubicado en Gilroy. Mary V., residente de Monterey, estaba furiosa por la manera en la que los grupos que hacen cumplir la ley trataron a la clientela. "¿Por qué están tratando de clausurar nuestros lugares de diversión?", se pregunta. "No quiero oir a un predicador fundamentalista echar espumajos por la boca, quiero salir y divertirme." El movimiento, de acuerdo con Rosalinda López, Presidente de la Cámara Hispánica de Comercio de Gilroy, es parte del plan de la ciudad para reubicar el centro. "Tienen como blanco a los negocios hispanos", dijo en un reporte del Mercury News.

Tal vez existen esfuerzos mal disfrazados para hacer desaparecer los centros nocturnos que visitan los latinos. Los grupos minoritarios hacen a las comunidades menos atractivas y en estos días de xenofobia histérica cualquier pretexto es bueno para deshacerse de ellos. Tal vez los encargados de los ayuntamientos creen que al cerrar los lugares donde se reúnen éstos, al mismo tiempo harán que se alejen.

La comunidad de Watsonville no está a punto de irrumpir en las juntas del ayuntamiento y del Control de Bebidas Alcohólicas para defender al Pasa Tiempo. Aquellos que buscan refugio en este su sucedáneo centro comunitario -Gaby, Chari y Brenda- tal vez tengan que buscar otro lugar para pasarla, el Grupo Fugaz otro bar para tocar sus canciones y los trabajadores del campo otra cantina para gastar sus dólares. "Si este lugar no existiera" dice el encargado de seguridad Íñiguez, "la gente buscaría otros lugares para ir y divertirse".

Hasta que se deshagan de ellos otra vez.

Traducción: Consuelo Alba



 


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