Los Trabajadores, Unidos

Frank Bardacke

No fue un logro pequeño. Hace diez
años, un grupo de trabajadores de empacadoras
organizó una huelga para obtener mejores salarios y ganó.





Introducción


Los mil persistentes

Una comunidad de huelguistas




 

 



Los mil persistentes

Una comunidad de huelguistas

 


 

 

Introducción

No fue un logro pequeño. Hace diez años, un grupo de trabajadores de empacadoras organizó una huelga para obtener mejores salarios y ganó.

La huelga en la empacadora Watsonville Canning sucedió en el momento en que los sindicatos comenzaban a perder popularidad ante los ojos del gobierno de los Estados Unidos y la población en general. Desregularización se convirtió en la palabra de moda, y el presidente rompió la huelga de los trabajadores de aerolíneas, lo que envió un fuerte mensaje anti-sindicalista a las comunidades progresistas y a la clase trabajadora.

Sostener la huelga durante 18 meses afectó de manera económica a los trabajadores de Watsonville, quienes luchaban por alimentar a sus familias con sus ingresos mínimos. Pero para los trabajadores y el pueblo, los resultados alcanzados hicieron que la larga lucha valiera la pena. Al final, la fuerza laboral latina no solamente ganó la seguridad en su trabajo y demás prestaciones, sino también una representación política más sólida y respeto social. "Fue una lección profunda en el poder de la acción sindical", dice el autor Frank Bardacke.

La huelga fortaleció la batalla política de redistribución de los distritos en la comunidad latina, la cual llegó a la Suprema Corte. La decisión de la corte en favor de la mayoría étnica de Watsonville permitió que por primera vez se eligiera a un latino en el Concilio Municipal.

Sin embargo, en los últimos diez años, las regulaciones degolladoras del mercado han degradado la economía de Watsonville. De las ocho empacadoras que antes hacían de la región la "capital mundial de los alimentos congelados", sólo tres sobreviven. De éstas, sólo una pertenece a un dueño local. Las demás se han ido, principalmente para aprovechar los salarios mínimos de México y sus pocas reglas para proteger el medio ambiente.

Para conmemorar a "los mil persistentes" de Watsonville Canning y la solidaridad comunitaria, El Andar presenta una mirada retrospectiva de la histórica huelga de 1985-1987: El análisis de Bardacke, extraído de un artículo escrito poco después del acuerdo del sindicato y empacadora Watsonville Canning. Así como los artículos que se enfocan en luchas laborales contemporáneas de choferes de autobuses en el Distrito Federal, México, e intendentes en Los Angeles.

Con el fin de la era de los carismáticos líderes sindicales, la disminución en el apoyo a los sindicatos, y las regulaciones de TLC ganando popularidad, es necesario preguntarse: ¿Son todavía los sindicatos -muchas veces compuestos de latinos y otros grupos minoritarios- organizaciones viables para proteger los derechos de los trabajadores tradicionalmente irrepresentados en la fuerza laboral?

John Speyer

Traducción: Claudia S. Meléndez

 

 

Introducción

Una comunidad de huelguis
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Introducción

Los mil persistentes

 

 

Los Trabajadores, Unidos
Frank Bardacke

Los mil persistentes

Después de dieciocho meses de huelga, ninguno de los 1,000 huelguistas de la empacadora Watsonville Canning regresó a trabajar. Esta increíble unidad, mantenida con determinación absoluta, fue la llave de su victoria final.

Durante los casi dos años de la batalla de Watsonville, estallaron muchas otras grandes huelgas en el norte de California, entre ellas la de trabajadores de vinerías, la de sobrecargos de TWA y la de los trabajadores del Hospital Kaiser. En cada caso la huelga fue derrotada después de que del 20 al 50 porciento de los trabajadores regresaron a sus labores. Incluso en la histórica huelga de Hormel de 200 a 300 obreros rompieron el paro laboral, permitiendo a la administración continuar la producción y dando al sindicato internacional UFCW, con base en Austin, una excusa para negar la validez de ésta. El sindicato Teamster Internacional no tuvo la misma oportunidad en Watsonville.

Las deserciones de huelga no son sólo cuestión de moral. Cuando una compañía puede recuperar una minoría significativa de sus trabajadores experimentados, éstos y otros sin experiencia pueden restaurar la producción y llevarla a un nivel lo suficientemente alto como para acabar con una huelga. Sin embargo, durante el paro laboral en Watsonville Canning, la compañía no pudo echar a andar sus máquinas de bolsas de plástico y pesadoras, así como tampoco sus llenadores, selladores y envolvedores automáticos. Toda la operación de empaque era un caos, lo cual forzó a la empresa a empacar a mano o a granel y enviar su producto a otras compañías para que lo reempacaran. Considere lo que esto significa. Bombardeados por una ideología de robots y computadoras, por nuestra supuesta transformación en una nación de trabajadores solamente empleados en la industria del servicio, olvidamos que la gente es todavía necesaria para producir cosas. Las máquinas dentro de las fábricas no funcionan por sí mismas. Personas con habilidad y experiencia las activan, las ajustan y las arreglan cuando es necesario. Además, para la compostura de estas máquinas, no hay instrucciones exactas. Los mecánicos, con el tiempo, aprenden sus peculiaridades, ignoran el tornillo de ajuste oficial y dan un golpe a la máquina en el lugar exacto para mantenerla en movimiento. Su conocimiento es incluso difícilmente "compartido" con el supervisor de personal. Los trabajadores lo guardan con celo. Además, el trabajo de los supervisores no es aprender cómo trabaja la maquinaria, sino procurar que los mecánicos la mantengan en marcha. Cuando todos los de la Wats Can se fueron a huelga, los supervisores, el personal de administración e incluso los expertos venidos de fuera no lograron que la planta trabajara como debiera.

Ni las mujeres fueron fáciles de reemplazar. Con ayuda, en dos semanas una recluta nueva puede convertirse en una cortadora promedio de brocoli, trabajando entre un personal con experiencia que puede enseñar y cubrir los errores de los principiantes. Ser capaz de mover las manos con habilidad y rapidez es sólo una pequeña parte del trabajo. Lo duro es estar cada día parado en el concreto, a veces mojado, durante jornadas de ocho a doce horas, trabajando con el ruido ensordecedor, el movimiento sin fin del producto en las bandas, la constante presión de las encargadas de piso y las absurdas reglas de la compañía. Todo eso es malo de por sí en tiempos normales, cuando se tiene un salario básico de $6.66 por hora, más servicio médico y una semana pagada de vacaciones. Pero cuando se tiene que ser llevado a trabajar en un camión escoltado por policías, o se regresa al estacionamiento y se encuentra el carro con cuatro llantas ponchadas, y además se gana sólo $5.05 por hora sin beneficios ni seguridad laboral, se convierte en un trabajo con todas las desventajas.

Típicamente, los esquiroles trabajan durante pocas semanas y renuncian. Después de meses de huelga la compañía nunca fue capaz de reclutar suficientes trabajadores fijos. Wells Fargo había estado dispuesto a financiar el intento de Wats Can para romper el sindicato, pero ni el décimo banco más grande de Estados Unidos y una de las instituciones financieras de más rápido crecimiento en el mundo pudo salvar a Wats Can de una verdad simple: la planta necesitaba de su fuerza de trabajo regular para hacerla funcionar. Rehusarse a romper la huelga fue un gran sacrificio para la mayoría de los trabajadores. La gente no sólo perdió sus cheques semanales (para la mayoría de ellos alrededor de $250 en temporada alta), terminados los beneficios por desempleo, las mujeres perdieron sus cheques AFDC, y unas cuantas personas conseguían estampillas para comida u otro tipo de asistencia social. Ese tiempo fue especialmente difícil para las madres solteras -un increíble 40 por ciento de los huelguistas- y para muchas familias en las cuales ambos padres dejaron de trabajar. La gente tuvo que sobrevivir con los $55 por semana que obtenían como huelguistas, distribuciones quincenales de comida, el banco local de alimentos y otro tipo de ayuda informal de la familia, los amigos y la comunidad.

Cientos consumieron cuantos ahorros tenían; como resultado perdieron sus casas o lo que habían comprado con tiempo, como muebles y carros. Familias fueron forzadas a doblar o incluso a triplicar las que habían sido sus ya de por sí apretadas condiciones de vida. Algunos dejaron la ciudad de manera definitiva, y unos pocos vivieron en sus carros o camiones. Muchos consiguieron otros empleos, mientras continuaban con las actividades de la huelga en la noche o los fines de semana. La mayoría encontró trabajos de medio tiempo en el campo: los hombres en las huertas de manzana en el otoño de 1985 a 1986, hombres y mujeres en las de fresas y zarzamoras en la primavera y verano de 1986. Muchas mujeres se reentrenaron para ser ayudantes de enfermeras; algunas tenían que viajar cada día a Santa Cruz o San José para laborar en empleos mal pagados de la industria electrónica; y en el otoño de 1986 muchos consiguieron trabajo en otras plantas de comida congelada del pueblo.

No hubo huelguistas retractores. Varios cientos mantuvieron el plantón, se hacían actividades en la línea u otros trabajos de huelga para colectar los $55. De cincuenta a varios cientos de personas asistían a las reuniones de estrategia donde discutían los pasos a seguir. Y casi todos iban a marchas y mítines de los huelguistas y sus partidarios.

 

Una comunidad de huelguistas

Fundamental para el entendimiento de esta notable unidad es la comunidad pueblerina de Watsonville y la conciencia de la gente como trabajadores mexicanos. A diferencia de los trabajadores en las vinerías, en el hospital, los sobrecargos, y otros empleados de la gran ciudad, todos los obreros de comida congelada vivían y trabajaban en la misma comunidad, iban a las mismas iglesias, tenían hijos en las mismas escuelas, jugaban y veían juegos de fútbol en los mismos parques. Gran número de huelguistas en verdad eran parientes, miembros de las mismas familias extendidas. Las familias extendidas fueron cruciales. Mujeres quienes encontraron otros empleos dejaban a sus hijos de edad pre-escolar con una de sus comadres que participaba en el plantón durante el día... Las familias fueron capaces de ayudar a otra (inclusive mudándose a la misma casa) porque en ese momento tenían relaciones cercanas, las cuales fueron usadas a un nivel de cooperación prácticamente olvidado en la cultura anglo de la ciudad.

"Por lo menos aprendimos a sobrevivir", fue un comentario común entre los huelguistas, cuando se hizo evidente que tal vez Wats Can no firmaría un contrato. Pero la gente supo cómo sobrevivir. El comité de comida, que empezó en los primeros días de la huelga con un empujón del TDU, no sólo organizaba con magnífica eficiencia los alimentos regalados dos veces por mes, sino además distribuía cientos y a veces miles de comidas para los huelguistas y sus partidarios. Nadie les había enseñado cómo hacerlo. La mayoría de las mujeres habían estado alimentando grandes grupos de personas por mucho tiempo.

Durante la huelga la comunidad se unió aún más. "Nos encontramos unos a otros" fue otra observación frecuente. Personas que habían trabajado juntas por años, que habían mantenido relaciones superficiales, en ese momento tuvieron que confiar unos en otros para sobrevivir. Con las privaciones, el incremento de la bebida, y las familias que se rompieron bajo la presión, se desarrollaron amistadas profundas basadas en la necesidad mutua y la obligación. Y Watsonville respondió. Iglesias, maestros de escuela, algunos pequeños empresarios y caseros proporcionaron comida y apoyo material, todo esto en un ambiente de solidaridad. A muchas personas se les permitió retrasar sus pagos de renta, otros compraron con crédito en pequeñas tiendas de abarrotes, y muchos comerciantes rechazaban cambiar los cheques de los esquiroles. La comunidad donó muchísimos pavos en el Día de Gracias de 1985, lo cual permitió que el comité de comida tuviera suficiente carne congelada como para servir enchiladas con pavo durante meses en las actividades de la huelga.

Un mecánico chicano que conozco me explicó por qué no regresó a trabajar. Él no fue un huelguista activo. Poco después de que la huelga comenzó consiguió un empleo como mecánico en una huerta de manzana donde recibía menos salario y trabajaba sólo unos meses al año. En junio de 1986 su antiguo supervisor lo llamó para pedirle que regresara a trabajar. A él, como a otros mecánicos, le ofrecieron un bono, un salario superior al oficial ofrecido de $12.31 y la garantía de que su familia sería protegida. Le pregunté por qué no aceptó.

"¿Crees que debería regresar?" Me preguntó incrédulo.

"No. Sólo quiero saber por qué no lo haces."

Él lo pensó.

"Para un huelguista no hay forma de cruzar la línea y vivir en Watsonville."

"¿Quieres decir que tienes miedo de que la gente te pueda atacar? ¿Balacear tu casa, apedrear a tus hijos o algo?"

"No. No creo que trataran de hacerme daño. Pero no podría ir a ningún lugar del pueblo con la cabeza en alto por temor de mirar a algún huelguista a los ojos. No podría venir a este lugar, no podría comprar en la tienda, no podría ir al juego de bingo. Por el resto de mi vida sería el mecánico que traicionó a su gente. Ningún dinero vale eso. Si no regreso a trabajar a Watsonville Canning con todos los demás, no regreso."

Fueron las mujeres mexicanas en Watsonville, documentadas e indocumentadas, quienes emergieron de la oscuridad de las plantas de comida congelada y tomaron el centro del escenario. Fue su solidaridad la responsable principal de que todo esto se hubiera ganado. Ahora la pregunta por responder es qué tan lejos puede extenderse la solidaridad. ¿La próxima vez permeará a sus hermanas, hermanos y maridos quienes trabajan en los campos de Salinas? ¿Alcanzará pronto a sus compatriotas en los campos de brocoli y las plantas de comida congelada de Guanajuato, México? ¿La resistencia de los trabajadores latinos en el sureste, junto con los movimientos revolucionarios en el Caribe, prometen hacer de las palabras "Trabajadores del mundo, únanse" más que sólo un eslogan al final de un ensayo?

 


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